lunes, 10 de noviembre de 2008

Después de 9 meses... taraaaan!!!

Jueves 27 de marzo 2008. Hoy cumples tus 40 semanitas! Estoy encantada de haber sido tu anfitriona por tanto tiempo, pero, no crees que ya es hora de salir cariño? Estoy tan urgida de que nazcas, de tenerte en mis brazos y de compartirte con tu papi, que decidimos ir a Teotihuacan con tu abuela, pues parece que solo cuando estás muy ajetreado se te antoja salir… te gusta andar de parranda!
Pues estamos regresando, durante el trayecto tuve dolor en la cadera y algo como cólicos, pero fueron 3 horas de camino y bien pudo haber sido un dolor de incomodidad. 
Entre al baño y arroje moco sanguinoliento, más sanguinoliento que otros días, con un poco de café. 
A las 9:28 sentí una especie de cólico, duró como 15 segundos, es lo primero que puedo identificar como tal, a partir de ese momento tu trayecto hacia la vida inició…
Toda la noche tuve estos “cólicos” no tenía idea de que estaba a punto de conocer esa carita de luna, esos ojitos luminosos, esa vocecita tan dulce. Tenía el dolor, pero ya el domingo me la habías hecho, no quería hacerme falsas ilusiones, ni despertar a tu papá, en todo caso si si era trabajo de parto el necesitaba estar descansado.
Viernes 28 de marzo. Finalmente a las 3:46 am el dolor era más intenso, duró 30 segundos, ya eran demasiadas horas con esa molestia, y me asusté. Entré al baño, a las 3:53, estaba con un poquito de sangrado con moco, pero toda la semana estuve así. Me dio una contracción en el baño, yo no tenía idea de que eso era, pero fue muy intenso, no hallaba la forma de acomodarme en lo que pasaba, hasta que terminó, salí y me fui a acostar, realmente tenia sueño y estaba muy cansada, pues, finalmente 1 día antes de que nacieras todavía anduve caminando en Teotihuacan… Me acosté, pero casi de inmediato me dio otro dolor que hizo que me levantara en automático, con todo y mi panza de 123 cm. Tu papá se medio despertó y me preguntó que que tenía y le dije que me dolía algo, que iba al baño, se volvió a acostar, quizá el ni siquiera recuerda eso. Me levante y no sabía que hacer, eran las 4 de la mañana, a quien le preguntaba?? Todas me habían dicho que las contracciones eran insoportables, que iban de la espalda hacia el vientre, que se intensificaban. Pero yo llevaba desde las 6 de la tarde con ese “cólico” así que me asusté, primeriza finalmente, pensé que algo podía estar mal, que quizá el sangrado no era normal, que podía ser la placenta desprendiéndose, que tal vez algo andaba mal, que mis contracciones podían ser invertidas, pues yo las sentía muy abajo, pero como saber? No tenía un ginecólogo particular al cuál hablarle en plena madrugada con todo el derecho de hacerle preguntas. Tu abuela estaba dormida, mi tía arriba, ni siquiera en los foros, donde siempre encontré respuesta podía apoyarme. Fui por mi computadora a la recámara, estuve tentada de despertar a tu papá, pero no tenía caso. Agarré los papeles del seguro, tal vez ahí encontrara respuesta. Llevé la computadora a la cocina, la deje y fui hacia la recámara de mi mamá, me detuve, para que despertarla? Agarre el teléfono, quiza podía hablar al hospital y preguntar, tome la libretita del teléfono y un lápiz. Prendí la luz de la cocina, me instale, prendí la computadora, y me dispuse a monitorear lo que cada vez estaba más segura de que eran contracciones, así tendría una referencia para poder dar al médico. Estuve en Internet, mi fiel aliado durante todo este maravilloso embarazo, mi respuesta a todas las preguntas, mi guía en lo desconocido y mi iluminación en innovación. Busque sobre contracciones, escribí en el foro con la intención de tener una respuesta lo más pronto posible. Cada vez estaba más convencida de tu inminente llegada, el miedo y los nervios se convirtieron en felicidad, añoranza, y esperanza, pronto te iba a conocer, o eso pensaba, pues no sabía que lo más intenso aún estaba por venir. Las contracciones eran cada 7 minutos y duraban entre 40 y 50 segundos, llamé al hospital, pedí hablar a urgencias, me comunicaron con una enfermera y yo sólo pude decirle, tengo cólico cada 7 minutos y estoy sangrando un poco. Me dijo, parece que ya inició con trabajo de parto, vengase para que la chequen. Pero mi instinto o algo en mi, me dijo que aún no era tiempo, estaba nerviosa aún, sin embargo sabía que tu llegarías a tu tiempo y me sabrías avisar. Decidí que lo mejor era esperar, aún me sentía inquieta, pero tu te movías como normalmente y decidí que si realmente algo anduviera mal ya lo sabría. Apagué la computadora salí de la cocina y fui directamente a mi cama, logré conciliar el sueño, ya eran las 7 de la mañana y logré dormir 2 horas y media, que permitieron que no me durmiera en pleno parto. 
Cuando desperté me sentía mejor, más fresca, llena de vida, pues como no, si la luz que irradias por un momento me ilumino a mi desde adentro. Tu abuela me preguntó como estaba y yo con una sonrisa traviesa le dije que bien, pero ella sabía que el momento había llegado, que tu camino hacia la vida había iniciado y que esta vez no se iba a detener, sin embargo se fue a trabajar, y yo me sentí insegura, desamparada, en ese momento sentí que necesitaba a mi mamá. Pero no podía flaquear, ahora era mi labor ser fuerte, ser madre, traerte con bien a éste mundo, y eso no incluía acobardarme para que tu abuela me sostuviera. Nos quedamos sólos tu papi, tu tía Erika y yo, él estaba más nervioso que yo, le llamó a tu abuela Gela, su solución y respuesta a cualquier pregunta que aún sin conocer la respuesta le brinda tranquilidad con lo que el mismo se responde. Me la pasó para que yo hablara con ella y le dijera lo que estaba sintiendo, pues el aún no me creía que finalmente habías decidido que querías salir a conocernos. Mientras yo hablaba con ella caminando alrededor de la casa el lavaba trastes y cada vez que tenía una contracción yo gritaba “contracción” con lo cual tu tía Erika anotaba en la libreta la hora, fueron momentos muy extraños, yo aún no sabía que las contracciones no iban a intensificarse así que no estaba muy cerca de tu papá para compartirlas con él. Tu tía Mary y tu tío Beto se iban, después de una semana de esperar a que llegaras para poderte conocer, y ella me dijo que sabía que esta vez si estabas en camino, la forma en que me miraba, esa complicidad que sólo otra madre puede sentir, esa sonrisa y esos ojos brillosos alegrandose por mi, al saber lo que sucedería pronto, eso que alguna vez compartiremos tu y yo, esa complicidad de mujer.
El día transcurrió, todos estaban muy pendientes del proceso y avance, mis primas Jessica y Rosy, Mayra y Vivi, tu tía Karla, tu abuelo, es que nos hiciste esperar tanto mi niña, necesitabamos tanto conocerte, eras tan esperada, eras ya, tan amada.
Cuando tu abuela llegó, y me miró con esa misma complicidad, sonrió, no se que habrá pasado entonces por su mente, quizá la idea de que por fin el sueño, y preocupación se iba a materializar, que al fin sabría lo que es ser madre. Me preguntó si quería ir ya al hospital, yo estaba indecisa, sentía que aún podía esperar, pero al mismo tiempo sabía que el tiempo era oro y que no podíamos darnos el lujo de esperar más, además de que está vez las contracciones eran cada 4 minutos, creí que el momento estaba cerca. Quien iba a decir que tu carácter, esa terquedad tuya iba a prolongar el momento de nuestro encuentro. Salimos, tu papá nos tomó la última foto unidas, y el gran viaje comenzó. En el camino escuchamos a Shakira, y al ritmo de “En tus pupilas” las contracciones a lado de tu papi se volvieron una odisea de meditación, relajación y sentimientos intensos. Ahora que recuerdo cada instante en mi mente todo parece un sueño, como si hubiese transitado entre nubes. Al llegar al hospital bajamos juntos tu papá, tu abue Zobe y yo, el guardia nos abrió la reja mirandome con ojos de compadecerme. Toqué el timbre, habíamos ensayado tantas veces en nuestras mentes ese momento, yo sabía que hacer. Mientras el doctor me valoraba tu papá daba los datos en trabajo social, me preguntaron de todo, hicieron que me cambiara toda la ropa por una batita azul, me recosté sobre la mesa de exploración y el se dedicó a buscar los latidos de tu corazón con el doppler, pero te escondías, comenzaba a asustarme cuando oí tu corazoncito latir, ese ritmo que tantas veces me había emocionado desde la primera vez que lo oí.
Después pedi que tu papá entrara para la revisión, va a pasar mucho tiempo para que comprendas lo que significa el tacto, y espero que mucho más para que lo experimentes por ti misma, pero puedo decirte que la experiencia desagradable no lo fue únicamente para mi, puesto que para tu papá mirar la forma en que el doctor me tocó también fue un suplicio, aunque no tanto como el dolor corporal para mi. Un centímetro. Increíble, después de las contracciones tan seguidas, el dolor y el tiempo que las había tenido, solo un centímetro de dilatación. No lo podía creer, creí que eso significaba algo malo, que quizá no estaba avanzando como debía y que iban a tener que medicarme o hacer cesárea. Pero de momento no se menciono. Me mando el doctor Kumul a caminar y a cenar, pues lo que venía iba a ser tardado, trabajoso e iba a requerir de toda mi energía. Salimos y tu abuela se sorprendió de que no me hubieran dejado adentro ya. Cerca de ahí, donde se estaciono el carro había una plaza, ahí podríamos caminar y cenar, para regresar en 2 horas. Cuando entramos empecé a dar vueltas alrededor de la plaza, que en realidad era muy pequeña, y tu papá a lado mío, tenía hambre y sed, y quería aprovechar la caminada para hacer digestión y que no sucediera algo inesperado durante el parto. Así que fuimos por mi agua, mi inseparable líquido vital, y luego por una hamburguesa, realmente sabía buena, pero entre contracción y contracción no pude disfrutarla bien. Después de disfrutar nuestra última cena juntas y de que tu papá se tomara un café nos dimos a la tarea de caminar más. Empezamos dando vueltas alrededor de la plaza, pero realmente me sentía extraña, sentía que la gente me miraba raro, y caminar en círculos comenzaba a marearme. Salimos al estacionamiento, subimos, dimos vueltas, caminamos, las contracciones cada vez eran más dolorosas, sin embargo con un poco de control mental, respiración y masajes de tu papá eran soportables. Ya empezaba a sentirme irritable, me molestaba con tu papá en cada contracción que no podía hacerme bien el masaje, pero aún así esas eran disfrutables. Estaba cansada de caminar, sedienta y adolorida, tanto por las contracciones como por la caminata. Me sentaba, me paraba ya no hallába que hacer. Cuando tu papá fue a recoger a tu abuela Gela yo camine sostenida por tu abuela. Me gusta pensar que como mi abuela Zobe con ella y sus otras hijas, éste es un momento que debíamos vivir, ese momento, de madre e hija, que espero compartir algún día contigo. Caminabamos y monitoreaba las contracciones, ya no eran regulares, 3, 5, 4, no tenía sentido, pero seguíamos caminando, tomada de su brazo la pellizcaba cada vez que había contracción, pero ella no se qujaba, sabía que la necesitaba. En todo ese lapso, hablé por última vez con tu abuelo y con tu tía Karla, ella estaba llorando, siempre lo hace, y se burlaba tiernamente cuando tenía una contracción. Tu abuelo como siempre, preocupado por todo, me preguntaba como estaba y si quería que fuera, realmente me hubiera gustado verlo antes de entrar al hospital, pero el trabajo se lo impedía. Cuando llegaron tu papá y tu abuela el se nos unió en la caminata, fueron momentos únicos. Aún si alguna vez vuelvo a embarazarme, nunca más se repetirá esa sensación única, maravillosa, mágica de sentir el apoyo de mi madre de un lado y el de mi esposo del otro, el saber que mis dos familias estaban ahí, apoyandome, uno a cada lado sólo para recibirte, para conocerte, para amarte. Silencio. No se necesitaba decir nada, cuando tenía una contracción los apretaba y cuando terminaba aflojaba. Ya habían pasado más de 3 horas, no estaba tan segura de ya querer ir al hospital, pero el centro comercial ya estaba cerrando, ya habían trapeado, no había nadie, y al salir unos oficiales nos felicitaron por tu próxima llegada y se adjudicaron el título de padrinos, nunca más los volveremos a ver, pero siento que auguran para ti buena estrella.
Cuando llegamos al hospital volví a entrar a una sala de exploración, el mismo doctor me hizo tacto, pero parecía no sentir nada, así que le pidió a la doctora que estaba allí que lo hiciera. Pero que gran diferencia, sentir unas manos tan pequeñas en comparación con las otras. Seis centímetros, fase activa, entonces ya no faltaba tanto eh…
Debían escuchar tu corazón, pero el doppler no estaba, que suerte, pues gracias a eso te vi por última vez dentro de mí. Durante todo mi embarazo me hubiera gustado verte más y más seguido, pero por distintas razones no se pudo, y nunca pude ver tu carita. Pero esa última vez, pude mirarte y admirarte, te vi completamente de perfil, tan claramente que pareciera que te tuviera en frente, pero lo que más recuerdo es haber visto tu naricita y cuando regresé con tu papá, le dije, “tiene tu nariz”.
Mandaron a tu papá a entregar mi ropa y terminar el papeleo, mientras yo esperaba en urgencias, soportando contracción tras contracción y tratando de cachar la vista de tu abuela, pues no nos habíamos despedido. Estaba demasiado distraída, pues nunca me vió. Pero cuando tu papá llegó pidió permiso de que pasara y entonces pudo entrar a darme la bendición, a desearnos suerte y a darme ánimos. Me sentí aliviada. Entonces me pusieron en una silla de ruedas, tu papá a lado mío, una enfermera me empujaba y yo aún iba bromeando y aunque estaba nerviosa, también estaba emocionada.
Me pasaron a cuartos combinados, cuarto 6, era amplio, mi cama de un lado, y muy alejada de ahí, la cuna de calor radiante, en frente el baño y a los lados puertas por donde veía pasar doctores y enfermeras, por donde entraban y salían, por donde entre y salimos.
Eran aproximadamente las 11, el reloj estaba detrás de mi y tenía que torcer la cabeza para verlo, pero más de una vez lo consulté. Una vez más tacto. El doctor me dijo que me iba a romper las membranas o más coloquialmente, iba a romper la fuente. Yo sabía que eso no era necesario y que podía ser hasta peligroso, pero el miedo empezaba a invadirme y decidí abandonarme en manos de los doctores, o tal vez ni siquiera estaba suficientemente conciente como para negarme. Trajo su herramienta, una varilla enorme, 30 cm de frío metal que introdujo por mi vagina, toma tu bolsa aminotica entre sus dedos y cual si fuera un globo intento reventarlo. Dos veces lo que terminó reventando fueron sus guantes, pero cuando por fin lo logró el chorro de agua en la que nadaste durante nueve meses brotó. Yo sentía litros y litros de líquido caliente fluír de mi interior e inmediatamente las contracciones se incrementaron e intensificaron terriblemente. Me obligaban a mantener las piernas bien abiertas, pero me temblaban. El miedo, el frío y los nervios me traicionaban, el dolor era tan intenso. Debía avisarles cuando tuviera ganas de pujar, pero nadie me explicó como sería eso, a cada cambio de sensación en las contracciones yo le nombraba sensación de pujo y cada vez un nuevo tacto negaba que lo fuera. 6, 7, 8, 9 centímetros de dilatación, aún no estabas lista nena. Yo miraba el reloj, las 11, 11:10, 11:30, 11:45, pronto supe que no nacerías el 28 de marzo, aunque yo tenía la esperanza de que fuera así, no se porque...
El dolor era muy intenso, yo no podía controlarlo, 8 semanas de curso, para nada, mucha teoría pero en la práctica todo era muy diferente. Nadie me había dicho que no me iba a poder levantar de la cama. Eso iba en contra de todo lo que sabía, de lo que había leído, de lo que me habían dicho, las contracciones así eran más dolorosas, más intensas, más insoportables y no podía hacer nada de lo aprendido para aliviar el dolor.
Pero como un ángel caído del cielo una doctora entro en mi habitación, me miró y me preguntó que hacía acostada, yo le dije que no me dejaban pararme y ella enojada me instó a levantarme, pues ya estabas encajada y no había ningún riesgo. Ella dijo que los doctores decían cualquier cosa con tal de no atender un parto en la regadera.
Ese fue el primer alivio, el saber que podría pararme y practicar todo lo aprendido, después entrar a la regadera, el agua caliente fue una delicia, corría por mi cuerpo, anestesiando ligeramente el dolor, y limpiando mi impotencia, y por último la pelota, no fue tan divertido como en el curso, las contracciones le restaban diversión, pero si fue relajante. Las contracciones eran más seguidas, más intensas, y finalmente experimenté la sensación de pujo. Si alguien me hubiera dicho que las ganas de pujar eran irrefrenables e intensas me hubiera ahorrado muchos tactos. Las piernas se me doblaban con la contracción, pujaba, yo no lo hacía, pero salía instintivamente de mi. Cada vez el momento estaba más cerca, ya estabas en la puerta!!
Le pedí a tu papá que me sacara, el quería ir por una toalla, pero le suplique que no me dejara. Me sentía tan indefensa, lo necesitaba a mi lado, no podía compartirle mi dolor, pero tenerlo a mi lado, mirandome a los ojos, sosteniendo mi mano y susurrando palabras de aliento me hacían sentir un poco más fuerte, me hacían renovar mis fuerzas.
La enfermera trajo la toalla, tu papá me secó con ella y de nuevo la contracción me impulsó a pujar, sostenida del tubo para las toallas puje irremediablemente, tu pa me puso la bata y me llevó al cuarto. Prepararon la silla de alumbramiento y yo me acosté, la acomodaron y le dije al doctor que esta vez si tenía ganas de pujar, de nuevo el tacto y… al fin! 10 centímetros, estabamos listas. 
El doctor me miró y dijo, vamos a traer este bebé al mundo, me pidió que con cada contracción tomara aire, lo sostuviera de las manos, jalara, y pujara con toda mi fuerza sin soltarlo a él ni al pujo. Así lo hice, las primeras veces con fuerza, entusiasmo y convicción, pero conforme el tiempo y las contracciones pasaban mi entusiasmo menguaba y mi pujo también. Yo sentía que las contracciones duraban muy poco, no era suficiente para traer un bebé al mundo. Tu papá me daba sorbitos de agua de limón, me alentaba a hacerlo como me habían enseñado y me daba ánimos, pero sinceramente en ese momento no me caía muy bien. Poco a poco fui perdiendo la energía, me sentía tan decepcionada de mi misma, tan cansada, tan impotente, tan inútil. Sabía que era la única que podía sacarte de ahí, traerte al mundo, darte la vida, pero no lograba ayudarte a salir. Doctores y enfermeras iban y venían, preguntando si ya era el momento, si estaba lista, si había novedades. Tu papá me decía al oído lo mucho que me amaba, lo bien que lo estaba haciendo y lo orgulloso que se sentía de mi, y yo al borde de las lágrimas y la desesperación le decía que sabía que no lo estaba haciendo bien. Finalmente un doctor se colocó a lado mío, tomó mi mano derecha y me obligó a tocar entre mis piernas, más no toqué mi vagina, ahí estabas tu, tu suave cabecita ya había coronado, ya faltaba tan poco y sólo me correspondía a mi ayudarte a salir. Mientras pujaba por última vez, con toda la fuerza de la que fui capaz una enfermera dijo que tu cabellito era negro, la fuerza que me había inspirado el sentirte, el tocarte, fue indescriptible, no necesité más aliento que ese, y cual tapón de champagne y a mi grito de “mi clítoris” a la 1:25 am del 29 de marzo de 2008 tu cabecita asomó al mundo. Sostuve el pujo mientras aspiraban todos los líquidos y revisaban que no tuvieras el cordón enredado y en un último esfuerzo casi imperceptible, todo tu cuerpo salió. Te sostuvieron boca abajo y lo único que podía ver era tu cabecita llena de cabello negro y tu espaldita con mi sangre en ella. Aún no sabía que eras una niña. 9 meses de espera, 40 semanas y 2 días juntas, naciste y creciste dentro de mi, mi vientre seguro fue tu primer hogar, te mecías en la marea de mi útero, acompañada de los ritmos de mi caminar, pero tu casa pronto te quedó pequeña y como abrazos de despedida las contracciones te empujaron a mi lado, 2 fuerzas se unieron y una puerta se abrió, creciste dentro de mi, pero ya era tiempo de salir, tiempo de abandonar la seguridad de mi vientre para conocer el mundo, un mundo lleno de maravillas por descubrir. Tiempo de conocernos mi nena adorada. Después de oír la música de tu llanto supe que nunca me iba a separar de ti. 
Tan lejos de mi por primera vez después de haber estado unidas por un lazo físico que cortaron con unas frías pinzas, dando inicio a la unión invisible de amor incondicional.
Después de mucho preguntar alguien me dijo, es una nena. Yo lo sabía, riéndo como idiota se lo dije a tu papá. Lo sabía, yo te dije que iba a ser una niña, yo lo sabía.
No podía despegar mi vista de ti, apenas lograba ver tus bracitos y piernas agitarse entre tu llanto inconsolable de saberte desprotegida. El médico te revisaba mientras a mi me apachurraban para alumbrar la placenta, alimento de tu cuerpo durante 9 meses. Yo sentía ganas de pujar, se lo dije y me dijo, puje, pero poquito, lo intnente pero no fue tan poquito, la placenta salió expulsada empapando al médico en sangre y líquidos, mientras todos bromeaban, pues había salido el “pastel”. Volví a mirarte, ya estabas tranquila, respondiendo al cuestionamiento de médicos y enfermeras, siendo muy buenas tus respuestas, obtuviste un APGAR de 8-9 que tranquilidad mi niña. 3,000 kilos, 49 centímetros, yo sabía que no eras un monstruote como tu abuela Gela había augurado.
Verte fue la mejor anestesia, mientras te veía moverte no sentí dolor alguno, olvidé por que estaba tumbada ahí siendo auscultada por un señor vestido de azul.
Pero pronto el dolor me lo recordó, seguía sangrando y con una mirada y un susurro nada alentador el doctor se lo informó a una enfermera, pidiendole que me pusiera suero con oxitocina, 500 unidades.
Me preguntó si me daban miedo las agujas, yo ya estaba de humor para bromear, después de todo el dolor e impaciencia había motivos para estar contenta, habías llegado al mundo y estabas con bien. Era increíble la sensación era como encontrarme en el limbo, dolor por un lado y la alegría de mirarte por otro mientras me concentraba en mi respiración para tranquilizarme. Pero pronto me di cuenta que el limbo que yo creía mental en realidad era físico. Los sonidos ya no llegaban con la suficiente fuerza a mis oídos, mi garganta se cerraba y sentía que mi cuerpo se hundía en un mar de sensaciones horribles de las que no tenía el control. Me costaba trabajo respirar y realmente me estaba sintiendo muy mal. Con un gran esfuerzo se lo logré decir a la enfermera, quién me pregunto si era alérgica a algo. A algo?? A todo… que clase de pregunta era esa?? El doctor y ella se miraron, y el le pidió que me bajara la oxitocina a 300 unidades, me pusieron oxígeno. Y en realidad no recuerdo bien lo que pasó después, poco a poco fui recuperando el sentido aunque me seguía sintiendo débil. Terminaron de checarte, de limpiarte, de calificarte y el doctor te llevó entre sus brazos para que te conocieramos. Te sostuvo, y entre esas manotas te veías tan chiquita. Te acerco a mi y por primera vez vi con claridad tu carita. Dios me mandó un ángel. Te veías hermosa, tan chiquita, tan indefensa, realmente eras bonita. Y acercó tu cabecita a mis labios y te di el primero de los muchos besos que tengo destinados para ti, tu frentecita se sentía tan suave, se lo dije a tu papá, mientras el te miraba embelesado. Pero te volvieron a alejar, te llevaron a la cuna de calor radiante a que me esperaras, para que me pudieran cocer. Después de haber vivido 9 meses unidas, nuestra primera separación fue de una hora y media, tiempo que a pesar de estarte mirando, a mi se me hizo eterno, tres bloques de anestesia, para no sentir las muchas suturas que me hicieron. Pero de nada sirvió, con la última fue que deje de sentir, pero ya era demasiado tarde, ya estaba terminando. Como si estuviera drogada hablé durante hora y media con el doctor de cuanta tontería te puedas imaginar, al punto de terminar hablando de anticonceptivos nuevos. Durante todo ese tiempo tu estuviste despierta, te oíamos, de repente estornudabas y yo me preocupaba, y ya casi al final tu papá no pudo detenerse, y fue a sostenerte en brazos. Se veía tan especial. Ese hombre, al que conocí como niño, sostenía entre sus fuertes y grandes brazos el cuerpo inocente del fruto de nuestro amor. Después de tres años de vivir incontables cosas juntos, de altas y bajas en nuestra relación, de momentos mágicos y tiempos difíciles, al fin estabas ahí y el te miraba con la ternura del padre que ahora es.
Te llevó a mis brazos y yo con mucho esfuerzo pude cargarte. Mis brazos estaban tan débiles y adoloridos que me costaba mucho trabajo sostenerte, y para nada pensar en la lactancia. Pero era necesario, la enfermera me dijo que debía alimentarte, y yo sabía que así tenía que ser. Que aún dependías de mi. Te tome entre mis brazos y descubrí mi pecho e intente alimentarte, pero tu, pequeño lirón, simplemente no dabas señales de querer despertar, ni siquiera para comer. La emoción ya había pasado para ti… Nos llevaron a otro cuarto, pues dice tu papá que ese parecía carnicería, todo lleno de sangre y fluídos por todos lados. La enfermera nos asustaba, decía que te podía pasar algo, que la glucosa, que no se que. Realmente sus palabras no tenían ningún sentido para mi, yo solo escuchaba la palabra peligro y quería voltearte de cabeza para que despertaras a comer. Tu papá estaba desesperado, te picabamos los cachetes, te hacíamos cosquillas, te soplabamos y nada, tu simplemente no querías. Después de muchos intentos creo que lo logramos, pero ni de chiste mamaste los 15 minutos indicados. Fue en eso que me volví a sentir muy mal, sentía que me iba, que mi cuerpo dejaba de responder y que no podía hacer nada. Con un esfuerzo le pedí a tu papá que te sostuviera, sentí que te me ibas a caer. El no quería, no sabía realmente lo mal que me sentía. Llamó a la enfermera, ella hizo algo y después de mucho tiempo reaccione, pero aún así me sentía débil. En ese momento y creo que por única vez odie a tu padre, pues él, tan preocupado por ti y por que comieras no le importó que yo ni siquiera pudiera enfocarlo bien, me regaño, pero yo también sabía que debías comer, le pedía que te empujara hacia mi que me ayudara, fue difícil mi niña, pero poco a poco lo logramos. Perpetuamos ese lazo de vida, prolongando tu alimentación fuera de mi cuerpo. Los 3 estabamos muy cansados, tu papá se sentó en un rincón y dormitaba a ratos, y yo sosteniendote entre mis brazos cerraba los ojos e intentaba descansar. Y fue así como empezamos nuestra vida en familia. Fue cansado, sí, pero definitivamente, valió la pena…
Saliendo para el hospital...


Tu primera foto...



1 comentario:

  1. uuff pense k no terminaba de leer.. jejeje

    Super acertado tu relato, me mantuviste al tanto de todo lo k pasaba y me emocionaste casi hasta las lagrimas..

    Todo lo que pasaste valio la pena, ya tienes a tu pkña en brazos..

    Saludos!!

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Lo que ya es nuestra familia